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Sala Muncunill - Exposición Ricardo Alario

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Ricardo Alario

Taller abierto

de pintura al óleo, acrílico, acuarela, pastel y técnicas mixtas.
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Talleres Ricardo Alario

Próximo Taller

Octubre de 2012

Dibujo a lápiz
Horarios:
Mañanas de 10,30 a 13,30 h
Tardes: 17,30 a 20,30 h.
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Los mares interiores de Ricardo Alario

A primera vista, nadie diría que a Ricardo Alario le gusta el mar. A pesar de sus genes mediterráneos y de su residencia en una ciudad costera como Marbella, no lo imagino sentado en el rebalaje soportando estoicamente los rigores de la canícula y menos aún un domingo sofocante entre sombrillas, neveras y viandas. Tampoco le recuerdo obras de temática marítima: tan sólo en su etapa figurativa aparecen dos acrílicos, gemelos y contrarios, sobre la playa del Puerto Deportivo, y que a pesar de su afán mimético y representativo bullen en su interior, quizá en la voluptuosidad del pigmento, la voluntad de abandonar tan ¿apacible? senda e internarse en otros vericuetos más oscuros, cenagosos e imprevisibles. Y así ocurrió. Al igual que los vanguardistas históricos de principios del siglo XX, en los años noventa Alario huyó de claridades y semejanzas, bajó al pantano del tórculo y se enfangó con las planchas, los ácidos y las tintas. nfangó con las planchas, los ácidos y las tintas.

Sin embargo, a comienzos del 2000 un acontecimiento fortuito motivó un nuevo viraje en su producción. Como una llamada sobrenatural, abandona la soledad y el silencio de su taller y se echa al monte, concretamente a la vera de un molino en la vecina localidad de Istán, con la sola compañía de sus pliegos Super Alfa y de innumerables enseres más propios de un artesano que de un artista: botes, gavetas, plásticos, herrajes, colas… y paciencia, en un proceso que ha denominado “siembra” y en el que ha descubierto, con no poco asombro y admiración, las infinitas posibilidades de la oxidación y transformación de pigmentos naturales enterrados bajo tierra durante determinados periodos de tiempo. No vamos a detallar su proceder ya que el autor, en repetidas ocasiones, ha tenido la gentileza y gallardía –poco habitual en la actualidad- de mostrar la “cocina” de estos logros, pero sí vamos a comentar ciertos matices que nos parecen relevantes.

Ricardo Alario se acerca a la naturaleza con la mentalidad de un agricultor, que sabe que su pan será concedido sólo si cuida y mima y acaricia el terreno elegido; y así, con una humildad y recogimiento casi franciscanos, dispone sus materiales en un orden preestablecido mentalmente aunque impredecible en su concepción final. Por su parte, el sustrato le devuelve unas composiciones singulares, eminentemente abstractas, de corte estratigráfico y con secciones horizontales. El cromatismo es denso, profundo, con alternancia violenta de contrastes, azules/rojos, ocres/sienas, que conforman unos paisajes de referencias y apariencias casi prehistóricas, por lo que el título de esta exposición no es casual, Neógeno, etapa en la que no sólo se terminaban de distribuir tierras y mares, sino también en la que Dios aún dudaba si evolucionar al homínido en sapiens o dejarlo como está.  Sin duda alguna, es un arte de la tierra que se transmuta en ecológico al permitir que la naturaleza actúe como factor activo del proceso creativo. En este sentido, Alario retoma la estela de aquellos artistas procesuales de mediados de los años sesenta –principalmente Hans Haacke- y su implicación en el medio ambiente como transformador de entornos y ecosistemas, si bien de un modo más intimista pero sin descartar la finalidad crítica y social.

Otro aspecto que nos fascina de su poética es la presencia del azul en la mayoría de las obras. Un azul que no es claro ni cristalino, que no es reflejo de aguas limpias ni transparentes, como esas playas descritas al principio y que no forman parte de la vida del artista. Advertimos, al fin, un azul saturado, mineral, a veces hermoso, a veces inquietante, poblador de simas subterráneas y aun abisales, trasunto de mares en donde el sol jamás luce ni se le recuerda, mares cuya sola nominación presagia singladuras desapacibles e incluso funestas: Mar Muerto, Mar de los Sargazos, Mar de la Tranquilidad…  Luz y oscuridad, vida y muerte, caos y orden, una dualidad extrema sumerge al espectador en un mar de dudas, mientras su creador, más allá del horizonte, ya vislumbra nuevos finis terrae que abordar y compartir.

Uno de los insignes y famosos personajes (cuando el adjetivo “famoso” no estaba tan devaluado como hoy día) que vivieron en la Marbella de los años cincuenta, Edgar Neville, dijo en cierta ocasión, y con conocimiento de causa, que en nuestra ciudad la tierra es aún más bella que la mar. Estamos convencidos de que Ricardo Alario suscribiría estas palabras del orondo y perspicaz literato madrileño, pues, cada cierto tiempo, se dirige tierra adentro con ilusión de enamorado y un equipaje de colores y esperanzas. Pero no olvidemos ese azul misterioso y obsesivo que aflora por doquier, cuyo venero está, sin saberlo el pintor, en esos genes mediterráneos arriba citados y casi negados. Curiosa paradoja la de un hombre que encuentra el mar en un ribazo del monte.

Buena siembra y buena travesía.

José Manuel Sanjuán
Historiador y crítico de Arte

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