Galería-taller Ricardo Alario

LUZ, SUPERFICIES Y TRANSPARENCIAS III

Del 18 de marzo al 27 de mayo de 2022

En enero de 1958, yo no existía, sin embargo, intento recordar algo de ese periodo. Aunque he de reconocer que, pese a mis esfuerzos, nada, ni una imagen, sonido u olores llegaron a mi memoria. Claro está, eso se puede deber a que todavía, yo, no existía. Esa puede ser la razón de no recordar nada. ¿Pero realmente no existía? Físicamente no, aunque es posible que las mitades de mi yo, sí estuvieran de alguna manera presentes, existiendo en los genes que transportaba mi padre y mi madre en ese momento. Pero ni en esas circunstancias consigo recordar algo. Tampoco consigo acordarme de la vida en el Paleolítico superior, y de esa época sí que me gustaría recordar algo, por pequeño que fuere. Podemos entonces, deducir, que es necesario existir para poder almacenar recuerdos en nuestra memoria.

Debe de ser imprescindible por alguna razón, estar vivo para poder recordar.  Si no puedo recordar nada de épocas anteriores, debo concluir que yo no existía, que nada de mí estaba presente de ninguna manera. Tampoco puedo pensar que estaba dormido y que por esa razón no puedo recordar ni siquiera mis sueños durante tan largo período de tiempo. Y cuando me refiero a periodos temporales, tengo que remontarme a la aparición de Luci, nuestro pariente más lejano.

 

Pero ¡un momento!, ahora que caigo, ¿están vetados mis recuerdos para una época que yo ya si existía? Debería recordar algo de mis primeros meses de vida. ¿Puedo recordar algo de mi estado de neonato? Lo intento, pero por más esfuerzos que hago, ni una sola sensación, no digo ya imagen, no, algún sonido, algo que me hiciera estresar en el vientre de mi madre. Pero nada de nada, ni el sonido del latido acompasado de mi corazón ha quedado grabado en mis neuronas de la memoria. No sabemos, y eso que sabemos mucho más que antes, ¿Dónde reside la consciencia? Y yo no puedo recordar ni mi primer chupete, o, ¿Cuándo, en qué momento, fue la primera vez que sonreí? 

 

Las únicas imágenes, a modo de flases, deben de pertenecer a partir de los tres años de edad, secuencias entrecortadas, inconexas unas de otras, mezcladas con recuerdos de olores y sabores.

 

Sin embargo, de lo que hice en el día de ayer me acuerdo perfectamente, solo existe el lapsus de las horas de sueño. Pero si intento recordar un día como el de hoy, pero hace un año. En los recovecos de mis neuronas no localizo nada, nada que me pueda aportar alguna información, que me ayude a recordar algo. A lo sumo, puedo conjeturar qué podría estar haciendo ese día, pero son solo conjeturas, conjeturas que tampoco ayudan a refrescar mi memoria, y estoy seguro de que en ese día yo sí existía y era consciente, tan consciente como lo estoy en este momento.

 

No es que consiga estar en mejor situación intentando recordar qué hice mañana. Sin embargo, a corto plazo en el tiempo, puedo imaginar cómo transcurrirán las horas, hasta puedo llenarlas de cierto contenido. Pero cualquier alteración que suceda, por pequeña que sea, durante el día de hoy o el de mañana, puede cambiar drásticamente todo. Tanto, que incluso mañana ya podría estar muerto y por lo tanto no sería consciente, mi consciencia habría dejado de existir. Aunque también puedo aducir que mi consciencia existe hoy, y aunque mañana estuviera vivo, mi pobre consciencia solo puede percibir la información que mis sentidos pueden enviarme del exterior y de mi interior hoy, ahora mismo, ni siquiera dentro de una hora, ya que eso pertenece al futuro. Sería por tanto intentar conjeturar un futurible.

 

En un último intento, me concentro para recordar algún acontecimiento reseñable que me ocurriera en el año 2060. Es muy difícil que siguiera con vida en esa década. Sencillamente estaría muerto, Sin embargo, no consigo recordar nada. Mi cuerpo estaría incinerado, mis cenizas mezcladas con las cenizas del ataúd. Si no consigo recordar nada de antes de nacer ni tampoco de después de fallecer, yo ya no existo, ni el universo tampoco.

 

Ricardo Alario